Posteado por: hocsigno | abril 7, 2011

EL ALTAR HACIA EL PUEBLO, UNA ADECUACIÓN VISTOSA DE LA QUE SE ABUSÓ

Monseñor Nicola Bux, consultor de la Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice y de la Congregación para la Doctrina de la Fe, acaba de conceder una entrevista a un periódico local de Reggio-Emilia, ciudad italiana en la que participará en un encuentro titulado “Liturgia romana y arte sacro entre innovación y tradición”. La Buhardilla de Jerónimo ofrece su traducción íntegra al castellano, de la que tomamos algunos extractos.

 Sobre la “adecuación litúrgica” (expresión acuñada tras el Vaticano II para indicar los trabajos considerados necesarios para que las antiguas iglesias pudiesen ser más idóneas a las celebraciones según la forma renovada del rito Romano), monseñor Bux señala que “partió con el intento de llevar a cabo aquellos retoques para favorecer la celebración de los sacramentos pero se impuso sobre todo el tema de la Misa celebrada con el altar hacia el pueblo. Una adecuación vistosa de la cual se abusó”. Y añade que “la tradición nos ha entregado las celebraciones con el sacerdote y los fieles dirigidos ambos hacia oriente, símbolo del Señor que viene, y sucesivamente indicado en la cruz. En realidad, el dirigirse hacia el pueblo era indicado como una posibilidad”.

 Sobre el arrodillamiento monseñor Bux explica como “la liturgia prescribe arrodillarse en ciertos momentos de la Misa. El hecho es que disuadir de arrodillarse corre el riesgo de reducir la iglesia a un auditorio o la liturgia a entretenimiento. Por el contrario, el Papa nos recuerda que la liturgia es adoración y su signo exterior más visible es precisamente el ponerse de rodillas”.

En relación con los objetos y ornamentos litúrgicos explica como” hoy se tiende a convertir en piezas de museo todas las bellezas y las decoraciones, pero las cosas van a un museo si ya no se usan. En muchos casos, en cambio, se trata de objetos que son expresión de la piedad del pueblo y de los sacrificios que han sido hechos para introducirlos. Siempre que hablamos de objetos que sirvan no para nuestra gloria personal sino para la de Dios. Lo mismo vale para los ornamentos. A veces el sacerdote agrega y quita ornamentos según su gusto y su comodidad, como si fuese un vestuario privado”.

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